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El teatro anterior a 1939 está muy condicionado por los intereses comerciales de las salas. Al estar dirigido a un público burgués conservador se coarta la libertad ideológica, con escasa crítica social y política, y se buscan montajes sencillos.

Teatro triunfante

La comedia burguesa de Jacinto Benavente, Premio Nobel español de Literatura en 1922, no ahonda en las preocupaciones burguesas ni en la crítica social. Su obra está ambientada en la alta burguesía, como Los intereses creados (1907), comedia con influencia de la comedia dell’arte italiana, o en el campesinado acomodado, como La malquerida (1913).

El teatro poético en verso, mezcla de Romanticismo y Modernismo, muy declamatorio y ripioso. Abordó temas históricos o fantásticos intentando rememorar el pasado glorioso español. Destacan Eduardo Marquina con obras como En Flandes se ha puesto el sol (1910), Francisco Villaespesa con Aben-Humeya (1913) y los hermanos Machado Las adelfas (1928).

El teatro cómico con música, canto y baile (opereta, vodevil y revista) o sin nada de esto (juguete cómico, sainete y astracán), buscando la risa fácil. Representado por Carlos Arniches, quien cultiva el sainete (El santo de la Isidra, 1898) y la tragedia grotesca (La señorita de Trévelez, 1916). Pedro Muñoz Seca, creador del astracán, género basado en el disparate cómico, con gusto con el chiste verbal (retruécano) destaca con títulos como La venganza de Don Mendo (1918). Los hermanos Álvarez Quintero contribuyeron a crear la imagen estereotipada de Andalucía y gozaron de éxito con sus diálogos graciosos (Mariquilla terremoto, 1930).

Teatro renovador

Tras algunos intentos renovadores de la mano de Jacinto Grau o Gómez de la Serna destacan autores de la Generación del 98. Unamuno crea un teatro desnudo de toda retórica y ornamentación escénica, esquemático y con pocos personajes, pero con densos diálogos sobre el cainismo, la lucha entre sentimiento y razón o  la búsqueda del yo en obras como Fedra (1910) o El otro (1926).

Azorín luchó contra la estética naturalista con un teatro antirrealista que incluyera lo subconsciente, lo onírico y lo fantástico. Destacó la importancia del diálogo natural y la iluminación para tratar los temas de la felicidad, el tiempo y la muerte. Es famosa su trilogía Lo invisible (1928) en la que aborda el misterio de la muerte.

Valle-Inclán crea un teatro en libertad más hecho para ser leído que representado por su complejidad. Su obra se divide en ciclos. Ciclo modernista (El marqués de Bradomín, 1906 y El yermo de las almas, 1908). El Ciclo mítico (Comedias bárbaras y Divinas palabras, 1920). Ciclo de la farsa, un grupo de comedias recogidas en un volumen titulado Tablado de marionetas para educación de príncipes (1909, 1912, 1920). Ciclo esperpéntico formado por Luces de bohemia (1920 y 1924) y Martes de Carnaval (1930). El esperpento deforma y distorsiona la realidad, utiliza la parodia, humaniza los objetos y los animales y animaliza o cosifica a los humanos. Los personajes carecen de humanidad y se presentan como marionetas. Ciclo final. En esta última etapa Valle-Inclán lleva a su extremo las propuestas dramáticas anteriores y sus obras quedan recogidas en Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte (1927).

Federico García Lorca impulsa el teatro total que partía de tres principios: la poetización del lenguaje y los recursos escénicos, acercar el teatro al pueblo, por lo que creó La Barraca, e integrar las nuevas tendencias vanguardistas. Su obra se clasifica en tres bloques. Las farsas, de teatro de guiñol (Retablillo de don Cristóbal, 1930) y otras para actores (La zapatera prodigiosa, 1930) Teatro surrealista: Así que pasen cinco años (1931) y El público (1933), irrepresentable en su época y que anticipa la ruptura de la lógica espacio-temporal, el desdoblamiento de la personalidad y la posibilidad de varias interpretaciones. Las tragedias de ambiente rural: Bodas de sangre (1933), Yerma (1934) y La casa de Bernarda Alba (1936) tienen como protagonistas a mujeres que deben reprimir su amor y su sexualidad por imposición de la sociedad.

Durante la Guerra Civil continúan algunas líneas dramáticas como sainetes, con Arniches (El padre Pitillo, 1937); comedia burguesa, cultivada por Benavente y seguidores como Pemán (Almoneda, 1938) y Casona (Prohibido suicidarse en primavera, 1937) o Miguel Hernández (Pastor de la muerte, 1937). Drama testimonial de la época, con representantes en ambos bandos: el republicano con Manuel Azaña y el nacional con Luca de Tena. Teatro de circunstancias o de urgencia también en ambas facciones, constituido por piezas breves de propagación de las ideas políticas donde destacan Max Aub y Alberti.

Lo que es incuestionable es que tras la Guerra Civil, autores innovadores han muerto (Lorca, Valle-Inclán y Miguel Hernández); muchos autores huyen al exilio y otros que se quedan sufren la censura y el llamado exilio interior, con lo que las expectativas de cambio quedan en suspenso hasta mediada la posguerra, en que se inicia una corriente existencial y social.

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