Me dan igual las piernas de Garbiñe Muguruza. Debo ser rarito, visto que es una de las cuestiones más comentadas sobre la número 4 del mundo en los medios y en las redes sociales. Lo de su diabólico drive, ya lo dejamos para otro día… Tampoco me importa la sonrisa de Mireia Belmonte, que es bonita, la he visto y no soy tonto, pero no sé qué narices tiene que ver con su colección de medallas. No quiero saber si tienen novio o no, si juegan maquilladas, si les da tiempo a conocer chicos, si quieren tener hijos… Pero no paro de leer sobre ello. En serio, maduremos. Les aseguro que el Kun Agüero tiene una sonrisa acojonante, de no presentarle a tu pareja por si acaso, y nunca lo he visto en una crónica del Atleti, del City o de Argentina. Lógico.

El deporte español ha evolucionado (para bien) y va siendo hora de que todos nos pongamos a su altura. En los últimos Juegos Olímpicos (Londres 2012), 11 de las 17 medallas de España fueron femeninas y, desde entonces, el escalafón deportivo nacional ha cambiado. Varios de los grandes ídolos han entrado en fase de declive o (esperemos) transición (Rafa Nadal, Fernando Alonso, la selección masculina de fútbol) y en su lugar han aparecido Muguruza, Belmonte, Carolina Marín, Ona Carbonell… El rostro de nuestro deporte es ahora de mujer. Pero nada, seguimos aliñando sus logros con toques rosa, buscando una justificación innecesaria para otorgarles el espacio que se han ganado de sobra. Y luego está lo de los apodos… Que si Las leonas, que si Las guerreras, que si Las sirenas. Todo tan rancio (y tan hortera).

En serio, mejor acostumbrarse ya y dejar de hacer el ridículo. Nadie puede pedir que, por decreto, guste igual el deporte femenino que el masculino. Sólo faltaba. A la gente le fascina la Fórmula 1 y a mí me aburre más que una película deAlmodóvar (aquí he exagerado), así que es ridículo criticar al que prefiere ver a Nadal que a Muguruza. El debate no es tanto la cantidad como la calidad: si le dedicas un breve, que sea un breve profesional, no un chiste malo del Cuore.

Siento si parezco con esto un bienqueda, un cuñado o, peor, un socialdemócrata, pero es lo que hay. Ayer leía que Garbiñe es «coqueta». ¿En serio? ¿De verdad es el adjetivo más pertinente para una mujer de 1,82 que da hostias como panes a la bola y acaba de ganar uno de los torneos más importantes del mundo? ¿Qué aporta? ¿Necesitamos decir o insinuar que, aparte de jugar de maravilla al tenis, es mona, para justificar que le otorguemos una plaza en nuestro exclusivo reducto viril y desfasado?

Este paternalismo casposo, plagado de fotos seleccionadas según criterios no deportivos y producciones de moda donde decir que «además es guapa», deja un fuerte tufo a especie amenazada. Una última batalla, como Braveheart pero sin heroísmo alguno. Una queja sorda (y ciega): «Tras quitarnos el voto y los bares, ahora pretenden arrebatarnos el deporte. Hay que detenerlas antes de que sea tarde. ¿Qué será lo próximo? ¿El porno?». Lo siento, chicos, a eso también han llegado ya. No respetan nada…

Tengo una hija con la que en unos años espero abonarme al fútbol y, si mi estudiado y revolucionario proyecto educativo sale como debe, trasnochar para ver juntos la NFL y la NBA. Agradecería que no me estropeasen el plan hablando de piernas y maquillaje hasta que la niña acabe decidiendo que el deporte es maravilloso, pero no hay dios que aguante a los que lo cuentan. Que es menos machista el porno.

Iñako Díaz-Guerra, El Mundo, 13/10/2015

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